CAPÍTULO 6. EL ÚLTIMO DÍA
Apenas me levanté lo primero que hice fue empezar a acomodar mis cosas pues era casi seguro que partiríamos antes del mediodía. Así la idea encontrara resistencia estaba decidido a marcharme a como diera lugar, ya era suficiente para ser la primera vez. No me causó mayor problema recoger las pocas cosas que había dejado fuera de la mochila y guardarlas en ella. Me aprestaba a salir de la carpa con la bolsa de dormir para acomodarla donde hubiera algo más de espacio cuando me percaté de lo espaciosa que resultaba ser nuestra carpa. Me extrañó.
Salí y comencé a extender la bolsa de modo que me fuera más fácil doblarla y guardarla y llamó mi atención el enorme desorden que se percibía en el contorno de nuestra carpa: botellas vacías tiradas por doquier, papeles que nos habían servido de servilletas para envolver nuestros emparedados, vasos colocados en posiciones inverosímiles sobre la arena y un par de sandalias que alguien había olvidado guardar la noche anterior. Sonreí al recordar los detalles de la velada pasada pero no dejó de molestarme que los últimos en ir a acostarse no hubieran hecho algo por arreglar ese desastre. Me acerqué a las sandalias y creí reconocer que eran las de Paul. Deduje, entonces, que uno de los responsables de todo ese desorden era él. Ya me escucharía cuando se despertara.
Omar salió a los pocos minutos desperezándose y al ver el desorden del entorno no dejó de sonreír al recordar la única experiencia buena que había tenido desde el inicio del viaje. Al verme afanado por darle algo de limpieza al lugar se acercó a ayudarme al tiempo que me saludaba y me preguntaba por el responsable de ese estropicio. Le dije que parecía que el último en entrar a la carpa a dormir había sido Paul porque sus sandalias aún se encontraban por ahí. El cambio en la expresión de Omar fue inmediato: un oscuro presentimiento lo inundó de repente.
Se afanó en ayudarme a botar los desperdicios en una bolsa que improvisaba nuestro basurero y cuando no hubo más que botar me dijo que iría a echar un vistazo por detrás de la carpa para ver si había algo más que arrojar al tiempo que yo le decía que iría al agua con el fin de enjuagar los vasos que habíamos usado la noche anterior. No me respondió. Me acerqué a la orilla y me puse en cuclillas al tiempo que iba remojando alternadamente los vasos en el agua para darles una incipiente lavada. No había duda que el lugar al que habíamos ido a parar era embriagador por su belleza y su misterio. Sin darme cuenta me había quedado contemplando las formaciones rocosas que se hallaban al frente de nosotros y me pareció, por primera vez en el viaje, percibir algo muy cercano a lo que Omar estaba percibiendo desde el primer día, me estremecí sin motivo aparente y agradecí que fuera la última vez que contemplara aquel terrible paisaje.
Recogí los vasos y di media vuelta hacia el campamento. Pude ver a Omar acuclillado detrás de la carpa con algo entre sus manos. Conforme me fui acercando comencé a pensar que algo había ocurrido pues Omar no había cambiado de postura al punto que parecía no haberse siquiera movido. Mis pasos me fueron llevando hacia él y mi ánimo a cada instante fue poco a poco decreciendo, cuando llegué todas mis dudas respecto a mi parecer se disiparon al ver la expresión de profundo dolor en el rostro de nuestro amigo. Me paré a su lado y puse mi mano en su hombro a lo que él reaccionó alargándome un pequeño cuadernillo, era el diario que Paul había estado escribiendo el día anterior por encargo de Aníbal, en él se precisaba todo lo que había ocurrido durante el día y la suerte de su propietario.
Sin pensarlo dos veces, despertamos a Aníbal y lo convencimos para que guardara sus cosas y nos ayudara a desarmar la carpa.
Al atardecer del mismo día llegamos a casa de Aníbal y de inmediato llamamos por teléfono a Sergio y como lo suponíamos nos dijeron que aún no regresaba de un campamento al cual había salido hacía ya más de diez días. Aníbal colgó el fono y se puso pálido a lo que Omar y yo respondimos preguntándole qué le ocurría. Cuando nos dijo que habíamos estado fuera diez días y que Sergio aún no regresaba supimos que no debíamos buscar explicaciones a los sucesos de aquellos días y que las cosas estarían mejor para nosotros mientras menos esfuerzo pusiéramos en intentar entender. Lo único cierto era que dos de nuestros amigos ya no estaban con nosotros y tendríamos que armarnos de valor para decirles a sus padres la mala noticia.
24/10/10
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