24/10/10

El territorio de la arena 6

CAPÍTULO 6. EL ÚLTIMO DÍA

Apenas me levanté lo primero que hice fue empezar a acomodar mis cosas pues era casi seguro que partiríamos antes del mediodía. Así la idea encontrara resistencia estaba decidido a marcharme a como diera lugar, ya era suficiente para ser la primera vez. No me causó mayor problema recoger las pocas cosas que había dejado fuera de la mochila y guardarlas en ella. Me aprestaba a salir de la carpa con la bolsa de dormir para acomodarla donde hubiera algo más de espacio cuando me percaté de lo espaciosa que resultaba ser nuestra carpa. Me extrañó.
Salí y comencé a extender la bolsa de modo que me fuera más fácil doblarla y guardarla y llamó mi atención el enorme desorden que se percibía en el contorno de nuestra carpa: botellas vacías tiradas por doquier, papeles que nos habían servido de servilletas para envolver nuestros emparedados, vasos colocados en posiciones inverosímiles sobre la arena y un par de sandalias que alguien había olvidado guardar la noche anterior. Sonreí al recordar los detalles de la velada pasada pero no dejó de molestarme que los últimos en ir a acostarse no hubieran hecho algo por arreglar ese desastre. Me acerqué a las sandalias y creí reconocer que eran las de Paul. Deduje, entonces, que uno de los responsables de todo ese desorden era él. Ya me escucharía cuando se despertara.
Omar salió a los pocos minutos desperezándose y al ver el desorden del entorno no dejó de sonreír al recordar la única experiencia buena que había tenido desde el inicio del viaje. Al verme afanado por darle algo de limpieza al lugar se acercó a ayudarme al tiempo que me saludaba y me preguntaba por el responsable de ese estropicio. Le dije que parecía que el último en entrar a la carpa a dormir había sido Paul porque sus sandalias aún se encontraban por ahí. El cambio en la expresión de Omar fue inmediato: un oscuro presentimiento lo inundó de repente.
Se afanó en ayudarme a botar los desperdicios en una bolsa que improvisaba nuestro basurero y cuando no hubo más que botar me dijo que iría a echar un vistazo por detrás de la carpa para ver si había algo más que arrojar al tiempo que yo le decía que iría al agua con el fin de enjuagar los vasos que habíamos usado la noche anterior. No me respondió. Me acerqué a la orilla y me puse en cuclillas al tiempo que iba remojando alternadamente los vasos en el agua para darles una incipiente lavada. No había duda que el lugar al que habíamos ido a parar era embriagador por su belleza y su misterio. Sin darme cuenta me había quedado contemplando las formaciones rocosas que se hallaban al frente de nosotros y me pareció, por primera vez en el viaje, percibir algo muy cercano a lo que Omar estaba percibiendo desde el primer día, me estremecí sin motivo aparente y agradecí que fuera la última vez que contemplara aquel terrible paisaje.
Recogí los vasos y di media vuelta hacia el campamento. Pude ver a Omar acuclillado detrás de la carpa con algo entre sus manos. Conforme me fui acercando comencé a pensar que algo había ocurrido pues Omar no había cambiado de postura al punto que parecía no haberse siquiera movido. Mis pasos me fueron llevando hacia él y mi ánimo a cada instante fue poco a poco decreciendo, cuando llegué todas mis dudas respecto a mi parecer se disiparon al ver la expresión de profundo dolor en el rostro de nuestro amigo. Me paré a su lado y puse mi mano en su hombro a lo que él reaccionó alargándome un pequeño cuadernillo, era el diario que Paul había estado escribiendo el día anterior por encargo de Aníbal, en él se precisaba todo lo que había ocurrido durante el día y la suerte de su propietario.
Sin pensarlo dos veces, despertamos a Aníbal y lo convencimos para que guardara sus cosas y nos ayudara a desarmar la carpa.
Al atardecer del mismo día llegamos a casa de Aníbal y de inmediato llamamos por teléfono a Sergio y como lo suponíamos nos dijeron que aún no regresaba de un campamento al cual había salido hacía ya más de diez días. Aníbal colgó el fono y se puso pálido a lo que Omar y yo respondimos preguntándole qué le ocurría. Cuando nos dijo que habíamos estado fuera diez días y que Sergio aún no regresaba supimos que no debíamos buscar explicaciones a los sucesos de aquellos días y que las cosas estarían mejor para nosotros mientras menos esfuerzo pusiéramos en intentar entender. Lo único cierto era que dos de nuestros amigos ya no estaban con nosotros y tendríamos que armarnos de valor para decirles a sus padres la mala noticia.

23/10/10

El territorio de la arena 5

CAPÍTULO 5. EL DIARIO DE PAUL

Martes
Por encargo de Aníbal me propongo tomar apunte de todos los sucesos que sean interesantes y que reclamen nuestra atención en esta bitácora del campamento.

8:15 am. Omar ha sido el último en despertarse (no sé cómo ha podido aguantar dentro de la carpa con tanto calor), lo hemos acompañado a tomar su desayuno y se ha quejado amargamente ya que dice no haber dormido nada durante la noche. Lo callamos.

10:00 am. Esto cada vez se pone más aburrido. No tengo nada que hacer, algunos se han ido a pasear por la playa con la intención de ver si pueden sortear las lomas que se forman en los extremos de nuestra playa. Quieren ver que tal está por otros lados. Creo que tienen la esperanza de encontrar a otras personas. Ya van más de setenta horas que no vemos a nadie más que a nosotros, es una sensación rara. Estoy con Omar y la verdad es que quisiera no estar con él no porque no me caiga bien sino porque me intranquiliza. Está muy taciturno, casi no habla y se pasa el tiempo viendo el mar como hipnotizado. Creo que se está volviendo loco (ja,ja,ja)

12:24 pm. Ya me cansé de esperar al resto. Omar me ha sugerido ir a dar una vuelta por donde vinimos para ver qué tan lejos estamos de la carretera. Creo que voy a acompañarlo. Total, por aquí no hay riesgo de robo pues no se aparece nadie. Voy con la bitácora, en una de esas vemos algo interesante y por fin lleno estas hojas con algo que valga la pena.

1:10 pm. Llevamos caminando cerca de media hora y aún no hemos salido de la playa. Hemos dirigido nuestros pasos en línea recta hacia el lado opuesto de la orilla pero aún nada. Pareciera que no hemos caminado más de cien metros. Es raro. Ya me estoy cansando pero parece que Omar está decidido a llegar a la carretera así que seguiremos en la lucha.

1:45 pm. Esto es demasiado raro. Ha pasado más de una hora y seguimos viendo la playa, la orilla y el campamento como si se hallara a menos de doscientos metros. No puedo explicarlo. Omar está muy intranquilo. Nos hemos detenido hará cosa de cinco minutos y estamos viendo qué es lo que hemos hecho mal si es que algo hemos hecho mal. Nuestra primera hipótesis es que hemos estado andando en círculo. Es probable. Vamos a dejar algunas marcas en la arena para saber si ha sido así. La idea es hacer unos montones de arena y piedra lo suficientemente grandes como para poder verlos a una distancia de diez metros. En una de esas nuestras pisadas en vez de hacer círculos, están haciendo espirales. Si es así, no habrá forma de dejar de ver los montones que hemos dejado. Hemos decidido hacer uno de esos cada cinco minutos para poder asegurarnos. Otra opción, que después se la mencionaré a Omar es que estemos caminando horizontalmente a la playa pero sería raro pues hace rato que habríamos dejado de ver nuestro campamento y, sin embargo, aún lo vemos. Veremos.

2:30 pm. Esto es absurdo. Hemos caminado durante cuarenticinco minutos y nada. No hay montones de piedra y arena a la vista (lo que induce a pensar que hemos ido en línea recta, es decir, o alejándonos de la orilla o alejándonos del campamento) pero el campamento parece haberse alejado apenas unos cuantos metros. Esto no tiene lógica. Comienzo a temer por mi seguridad pues Omar no puede controlarse, creo que en cualquier momento entrará en una crisis nerviosa. Le voy a sugerir regresar al campamento. Ojalá que me escuche.

2:45 pm. Increíble. Hemos estado a quince minutos del campamento. ¿Cómo se explica que hayamos caminado durante casi dos horas con la intención de alejarnos de él? Los muchachos ya están acá. Les hemos contado y han empezado a reírse de nosotros porque dicen que son fanfarronadas. En fin.

3:00 pm. ¡Almorzamos!

3:45 pm. Aníbal dice que su paseo también fue infructuoso. Llegaron a caminarse toda la playa y, sin embargo, no pudieron ir más allá de las lomas que nos encierran. Trataron de subir pero no pudieron. Parece que tuvieron una experiencia similar a la nuestra. ¿Estaremos atrapados? César nos ha contado que primero se dirigieron hacia el sur pues, desde el campamento, parece el lado menos elevado pero que una vez que estuvieron ahí se dieron cuenta que esa supuesta escasa elevación era un error. Dice que es una pared casi lisa de por lo menos unos treinta metros de alto. Se esforzaron por tratar de escalarla pero les resultó imposible. Luego de los intentos frustrados se dirigieron hacia el lado opuesto de la playa totalmente desmoralizados ya que sabían que sería aún más imposible, como desde luego lo fue.

4:45 pm. Se ha destapado la primera botella.

6:10 pm. Percibo algo raro en el ambiente pero no podría precisar qué es. Omar ha estado muy alegre como consecuencia del mucho alcohol que se ha metido, pareciera que se ha olvidado de todos sus traumas. Desde que se abrió la primera botella se comporta muy diferente, felizmente, para bien.

6:35 pm. César ha ido a caminar un rato por la orilla, creo que está un poco melancólico. Lo entiendo perfectamente pues a mí las puestas de sol como esta me causan los mismos estragos. La sombra de nuestro amigo dibujada sobre el fondo multicolor del cielo genera una sensación especial: los tonos de ocre a negro que ahora asumen las nubes como producto del hundimiento del sol en el horizonte invitan a la reflexión. Por fin un poco de silencio.

7:20 pm. Aníbal y Omar están secando la última botella de anís que nos alumbra. Veo que César ha entrado a la carpa a buscar la primera de ron. Hay que alijar la garganta para prepararla para este trance que se avecina. Ya es noche cerrada.

7:45 pm. A preparar la comida. Hace un momento vine de lavar los platos en la orilla y me he asustado. ¡Nunca había oído rugir así al mar! Es tenebroso. Empiezo a entender a Omar. Es curioso cómo el tedio que produce lo habitual puede también producir una curiosidad malsana y una tendencia a realizar asociaciones muy imaginativas pero carentes de todo sustento. Me estoy poniendo filosófico, ese rol le compete a Omar.

9:30 pm. Omar y César se han ido ya a dormir. Ha sido un día muy agitado y estamos bastante cansados. Aníbal me ha dicho que lo espere mientras va a buscar una botella dentro de la carpa. Parece que todavía tiene físico para rato. ¡Haber hasta dónde alcanzamos! Me llaman.

9:35 pm. ¡Qué crédulo puedo ser! He entrado a la carpa para ver quién me llamaba y resulta que el bueno de Aníbal ya estaba bien dormido. No me queda otra que dormir también aunque antes debo arreglar lo de afuera. ¿Quién me habría llamado? ¡Aquí está otra vez! Los nervios están ganando la batalla, debo controlarme. Creo que vale la pena escribir todo esto…

9:37 pm. He identificado la voz que me llama y aunque me resulta muy extraño no puede ser de otra persona más que de Sergio. El mismo timbre, la misma cadencia, la misma tendencia a arrastrar la última letra de cada frase o palabra. Parece que la voz procediera de unos metros por detrás de la carpa, iré a echar un vistazo. Me llevo la linterna. Ahí está…

El territorio de la arena 4

CAPÍTULO 4. UN AMANECER PERTURBADOR

La conversación que tuvimos me dejó muy intranquilo y no tanto por lo que se dijo sino más bien por la tensión creciente que estaba experimentando mi amigo y que me hizo pensar en que su salud mental peligraba si es que llegábamos a quedarnos mucho tiempo en ese lugar. Omar me habló de muchas cosas, la mayoría de ellas eran producto de una imaginación muy fecunda y enfermiza. Mezclaba asuntos de la más absoluta puerilidad y cotideaneidad con implicancias oscuras y pavorosas, hacía esfuerzos estimables por lograr que lo que a todas luces se manifestaba como irracional e ilógico asumiera formas verosímiles o cuando menos posibles. Estaba comenzando a considerar la pertinencia de haber viajado con él pues desde todas las perspectivas desde las cuales intentaba darle sentido al asunto encontraba que gran parte de sus fantasías y miedos tenían como única explicación su carácter engreído y solitario.
No tenía duda alguna que el viaje le estaba costando mucho más que a nosotros, para quienes tampoco resultaba nada fácil, pero lo que no podía aceptar era que asumiera un modo de comportarse tan poco noble: gimoteando por ahí, acechando por allá, refugiándose en un instante y encubriéndose al momento siguiente. Era demasiado para mí. Demostraba una falta completa de comprensión y de aceptación del estado de ánimo por el cual pasaba mi compañero y hasta creía que tenía derecho para sentirme molesto porque estaba estropeando todo. Estaba hundido en estas reflexiones cuando la luz del sol irrumpió de forma violenta al interior de la carpa e inundó todo con su brillantez. Serían cerca de las seis y media de la mañana y la bulla producida por las aves se había instalado en nuestro entorno. Distraído por la sensación placentera que había arremetido con furia en mis cavilaciones no me percaté que en la carpa sólo estabamos cuatro de los cinco. Cuando caí en cuenta de esto de inmediato pensé que alguien se había despertado antes que yo y que muy probablemente ya estaría disfrutando de las primeras horas del día. Me incorporé para seguirle y al punto me percaté de algo que empezó a intranquilizarme: si efectivamente aquel había salido tenía que haberme dado cuenta puesto que la noche entera la había pasado en vela o asentando la carpa en la ventisca de las tres o consolando o conversando con Omar o en las "horas" que habrían pasado entre el fin de aquella conversación y este momento.
Cuando terminé de considerar todas estas cosas ya estaba fuera de la carpa observando el panorama y pude darme cuenta que nuestro amigo no estaba por ahí. Me pareció muy extraño pues aún cuando intenté aguzar la vista en todas las direcciones no pude ver ni rastro de aquél. De inmediato me interné en la carpa con el fin de determinar quién es el que faltaba. Al entrar me tropecé con Aníbal y lo desperté. Al verme tan serio me preguntó qué es lo que pasaba y le indiqué que faltaba uno de nosotros a lo que me respondió que no me preocupara porque era probable que se hubiera despertado antes y estuviera paseando por el lugar. No le hice caso y traté de reconocer en los bultos de las bolsas de dormir a los demás: Omar estaba en la bolsa que se encontraba al lado del lugar donde había dormido y al último lo pude reconocer como Paul. Faltaba Sergio.
Desperté a todos de inmediato y les mencioné lo que había ocurrido; les dije que como no había dormido en toda la noche me parecía imposible que Sergio hubiera salido de la carpa sin haberme dado cuenta y si se le había ocurrido salir a medianoche en el momento en que hablábamos con Omar, él o yo nos hubiéramos percatado y ambos coincidimos en que así hubiera sido. Además, les dije que había echado un vistazo fuera de la carpa y no había podido ver rastro de él. La preocupación por el destino de nuestro amigo pronto cundió dentro del grupo, dejamos de lado la modorra, consecuencia de una noche muy agitada, y empezamos a buscarlo. Le pedimos a Omar que se quedara en el campamento mientras nosotros íbamos a dar una vuelta por los alrededores por si acaso volvía sin que nos diéramos cuenta: Aníbal fue hacia el sur, Paul hacia el norte y yo me interné en el arenal en sentido opuesto a la playa. Al cabo de un rato regresamos sin ninguna novedad.
Viendo que nuestra búsqueda había sido inútil tratamos de reconstruir la noche anterior en todos sus detalles con el fin de tratar de determinar en qué momento es que nuestro amigo había decidido marcharse. Aníbal recordó que colaboró con nosotros en la cimentación del piso de la carpa en el momento de la ventisca y que incluso profirió alguna que otra maldición por el hecho de habérsenos ocurrido venir a este lugar. También recordó que fue uno de los primeros en acercarse a Omar en el momento en que rompió en llanto y que esta situación le permitió insistir en la idea que se había formado sobre el viaje. Finalmente, Paul incidió en el hecho que su bolsa de dormir la había colocado junto a la de él y que cuando todo se tranquilizó ambos volvieron a sus lugares. Según él, parece que Sergio quedó dormido casi de inmediato pues a los pocos segundos de haberse acostado sintió su respiración regular y no volvió a dirigirle la palabra en el resto de la noche. Aparentemente fue la última vez que alguien lo vio pues nuestra conversación no lo incluyó ni como partícipe ni como molesta intromisión.
Sobre la base de lo dicho se construyó la hipótesis que Sergio, no aguantando más la tensión que se percibía en el lugar y que a cada momento crecía invisiblemente, había decidido irse intempestivamente. Frente a esto sólo había una cosa que hacer, ir a buscarlo. Caminar de noche por el arenal era suicida pues si no se termina perdido producto de la desorientación, se puede terminar maltrecho como consecuencia del desgaste de energías. Una tercera opción que era la de que hubiera corrido con mejor suerte al encontrar la carretera y algún carro que lo devuelva a Lima era bastante improbable.
En el momento en que nos disponíamos a emprender el camino de retorno para buscar los rastros de Sergio nos encontramos con un Omar embelesado en la belleza del mar. Se había quedado estático observando el ir y venir de las olas y con una sonrisa algo maquiavélica, más un gesto que una sonrisa, señaló al frente y dijo, "nos hemos olvidado de buscar en el mar". Un escalofrío desconcertante e inexplicable nos recorrió a todos al reconocer la pertinencia de la intervención de nuestro amigo.
Pocos minutos después nos internamos en el mar y deambulamos por un buen rato con la intención de registrar, en la medida de nuestras posibilidades, todos los lugares por los cuales pudiera estar. No hubo ningún resultado positivo. Cansados y desanimados asumimos, para nuestra tranquilidad, que Sergio habría encontrado el camino a casa y que en estos momentos estaría descansando. En un par de días le iríamos a dar el encuentro.

El territorio de la arena 3

CAPÍTULO 3. UNA NOCHE INTERMINABLE

Serían poco más de las tres de la mañana cuando un fuerte viento nos hizo despertar con el apremio consiguiente de salvar la carpa que parecía que en cualquier momento habría de sucumbir a sus embates. Los afanes por proteger nuestro refugio se multiplicaron en menos de unos segundos a pesar de que la mayoría de nosotros aún no terminábamos de despertar y luego de un esfuerzo considerable por frenar el ímpetu del viento que se empecinaba por dejarnos sin abrigo, logramos asentar suficientemente los parantes de la carpa como para hacer frente a aquel vendaval. A los pocos minutos la furia del viento se había amainado casi hasta desaparecer.
El trajín de esos pocos minutos de lucha contra la fuerza incontrolable del viento nos dejó sin ánimos pero lo suficientemente despiertos como para velar durante toda la noche. A pesar que hicimos intentos desesperados por volver a conciliar el sueño, nos fue difícil volverlo a encontrar y es que, al esfuerzo físico desplegado en una tarea como la que acabábamos de realizar se sumaba la mala disposición anímica de todos nosotros que discutíamos ya, a estas alturas, sobre la pertinencia de nuestro viaje. Lo cierto es que si bien era el primer escollo de la aventura, fue lo suficientemente importante como para hacer darnos cuenta de nuestras serias deficiencias emocionales.
El que parecía ponerse cada vez peor era Omar. Creo que era el más perceptivo de los cinco ya que fue el único que puso sobre el tapete el tema de la procedencia de la información con la cual contábamos de manera tan crédula y también fue el primero que pudo percibir aquel sonido extraño que se producía teniendo como fondo el ruido que generaban las olas al reventar contra la orilla de la playa. Lo que, en un principio, había intentado ser explicado como simple efecto de la nostalgia de un muchacho que añoraba mucho la presencia de sus padres empezó a intranquilizar al grupo pues su constante nerviosismo fue adquiriendo características maníacas. La tendencia a preguntar por todo lo que acontecía a su alrededor fue transformándose en una insana costumbre de refugiarse en el grupo producto de un temor que cada vez parecía menos natural: si hubiera sido sólo el mar, la playa, la misma oscuridad asfixiante del entorno se podría haber explicado con cierta facilidad pero daba la impresión que estaba percibiendo algo más, algo que tarde o temprano haría que nuestra suerte cambiara.
En la medida en que los minutos pasaron el silencio se fue apoderando cada vez más de la pequeña carpa como consecuencia de los esfuerzos titánicos de cada cual por dejarse vencer por el sueño pero, al mismo tiempo, ese silencio cómplice se iba haciendo a cada instante más apremiante, más difícil de soportar. Cada uno debía haber pensado que los otros habían logrado ser derrotados por el sueño pues nadie rompía el silencio en una actitud de respeto hacia los demás pero de repente al silencio instalado en la carpa y a los ruidos que procedían del mar y nuestro entorno se sumó un tercer elemento. Empezó como un gemido opaco acompañado de una respiración entrecortada que intentaba hacer el menor ruido posible, a los pocos minutos se dejó escuchar claramente un sollozo difícilmente confundible, era Omar.
El pobre hombre no había podido soportar más el exceso de tensión que se le había ido acumulando durante el día y había roto a llorar como una respuesta natural de desahogo. Para sorpresa mía (y supongo que de todos los demás), uno a uno nos fuimos acercando al lugar donde estaba tendido Omar para consolarlo, demostrándose así que ninguno de nosotros había podido dormir en esa noche y que, en grados diferentes, todos estábamos soportando una gran tensión. Hablamos con él y le hicimos saber que para todos esta situación nos parecía difícil y que nos estaba costando tanto como a él y, por lo tanto, que no tuviera reparos en desahogarse pues eso le haría bien, y a nosotros también. Al poco rato se tranquilizó y con él todos los demás. Esperé pacientemente a que los demás se hubieran dormido y una vez que creí que los demás habían sido ganados por el sueño me acerqué sin hacer ruido a Omar al punto de poder escuchar sus palpitaciones cada vez menos irregulares.
Bajando la voz casi al punto que apenas resultara audible pregunté a Omar qué es lo que le estaba ocurriendo. Luego de unos segundos en los que nadie más hizo el menor comentario, comenzó a hablar. Según parecía, había interiorizado de forma armoniosa la explicación que más se había extendido acerca de su extraño comportamiento. Como me lo hizo saber, creía que su forma de actuar de aquel día podía ser fácilmente explicada si es que se consideraba que era la primera vez que abandonaba su casa para pasar por una situación como la que estabamos viviendo. Si a eso se le sumaba su carácter introvertido y poco comunicativo podía presentarse una interpretación de los hechos que se ajustaba bastante bien con la realidad. Las raras ideas que habían cruzado por su mente y que habían generado la incertidumbre en el grupo acerca de la fiabilidad de la información del lugar hacia el cual nos dirigíamos o la singular sensibilidad para percibir sonidos que, en un principio, pasaron completamente desapercibidos para los demás podían ser comprendidos sin dificultad si uno se detenía a reflexionar sobre ellos considerando como su causa su estado anímico.
- Así es como ahora me lo explico -dijo, tomó unos segundos de tiempo para ordenar sus ideas y empezó a enlazar hechos de una manera sorprendentemente lúcida-. Mis preguntas sobre la naturaleza de nuestro informante sólo pueden explicarse a partir de un manifiesto sentimiento de inseguridad que se hallaba presente en mí pero no en ustedes. El alejamiento de mis padres, la idea de convivir por unos días con amigos que conozco en situaciones controladas pero no en situaciones especiales como las que habríamos de vivir, la sospecha fundada de que llegaríamos al lugar sin el abrigo de la luz del día, la novedad presente en cada episodio que se iba presentando, en fin, todo y cada una de las cosas que han rodeado este viaje poco colaboraban con mi escasa tranquilidad. Ahora bien, si es que de los sonidos se trata creo que resulta fácil explicar la razón por la cual yo los escuché mucho antes que ustedes. Mi estado de ánimo me permitía estar alerta frente a cualquier situación que pudiera considerarse como anormal dentro de determinados parámetros y ese sonido, cuya procedencia no se podía intentar descubrir a ciegas en la oscuridad, no permitía que me tranquilizara. ¿Qué por qué yo escuché los sonidos antes que ustedes? Fácil, porque al estar mis facultades especialmente sensibles para recibir estímulos externos y los suyos no, se me hizo más fácil escuchar algo que sólo estaba en mi cabeza no porque no fuera real sino porque, por su estado de ánimo, estaban imposibilitados de percatarse de él hasta esta noche en que algo más acostumbrados al lugar pudieron empezar a percibir las cosas que yo estoy sintiendo…
Me quedé estupefacto ante los argumentos maduros de mi interlocutor no tanto porque me parecieran falsos sino porque me parecía que estaban finamente hilvanados, con una pericia que jamás habría sospechado que era propia de él.
- No puedo dejar de reconocer que estoy sorprendido, querido amigo -dije-. No sabía que fueras tan agudo para analizar situaciones. Pero, si es que así eres, ¿por qué te dejaste llevar tan fácilmente por tus sentimientos de temor?
- Es fácil. Esto recién lo he empezado a pensar hace algunos minutos, poco después de pasar por esa situación tan vergonzosa. Además, tengo que creer que eso es lo que está ocurriendo para lograr la paz interior que tanto necesito -dijo-.
- No te entiendo -repliqué-, hace unos minutos te escuchaba sorprendido por lo justas de tus palabras pero resulta que ahora me parece entender que tú mismo no confías en lo que me acabas de decir.
- Lo que ocurre es que es el medio más a mi alcance y más efectivo que he encontrado para darle a este episodio un poco de sentido. Si supieras en todas las cosas en las que he estado pensando en estas horas te volverías loco y si, aún más, te contara todo lo que he creído percibir a nuestro alrededor no me creerías.
Sus palabras, esta vez, me perturbaron más de lo que yo hubiera querido pues denotaban que había algo que Omar no se atrevía a contar y que la suma de episodios extraños era mayor que aquella que habíamos podido considerar. Intrigado por las últimas palabras de Omar, le pedí que saliéramos de la carpa para conversar más a gusto. Lo vi titubear pero, al final, aceptó. Creo que ya no podía tener más tiempo guardado para sí aquello que lo inquietaba y, por eso, a pesar del miedo que reflejaban sus últimas palabras y acciones me siguió.
Apenas estuvimos afuera, Omar respiró profundamente tratando de llenar sus pulmones con aire fresco y de inmediato tosió haciendo un gesto de desagrado. Miró hacia la derecha y hacia la izquierda y luego se detuvo dirigiendo su mirada hacia el lugar donde, durante el día, podía verse el arrecife. Suspiró profundo y se sentó dando la espalda a la carpa y mirando al mar de frente. Hice el amago de sentarme frente a él pero me detuvo en el intento diciéndome que me sentara a su lado que siempre era bueno mirar al mar de frente ya que uno nunca sabía. Yo sonreí ante lo cual me miró con cara de reproche.
De pronto, todo se había vuelto muy gris. El tono ceremonioso que asumió Omar apenas salimos de la carpa me hizo pensar en un viejo sabio que habría de descubrir ante su torpe discípulo secretos arcanos de la naturaleza y que para que su poco hábil aprendiz le diera a ese saber la importancia que se merecía, debía representar un papel que exigía presentar su ceño fruncido, dirigir su mirada al suelo (o a la arena) y emitir palabras iniciáticas con una voz profunda y opaca. La verdad es que me molestó la actitud y me hizo pensar seriamente en la razón que me tenía a la intemperie, muerto de frío, con un interlocutor como aquél. Poco faltó para que me pusiera de pie y volviera a la carpa pero felizmente no lo hice. Lo que escuché me dejó asombrado. Estaba empezando a amanecer.

El territorio de la arena 2

CAPÍTULO 2. EL SONIDO QUE VIENE DEL MAR

La primera vez que uno pisa la arena de la playa durante la noche resulta ser bastante reconfortante pues parece guardar el calor que durante todo el día ha ido recibiendo de los rayos del sol pero esa sensación no se asemeja en nada con la que se percibe al andar, casi a ciegas, por esos mismos páramos en una noche cerrada y sin el abrigo de un lugar reconocido como propio. Entrar a ese territorio de la arena ya de por sí es sobrecogedor porque a la profunda oscuridad de la noche se suman las extrañas sombras que se producen como consecuencia de la poca luminosidad de las estrellas en las crestas ondulantes del arenal. Uno tiene la impresión de que en cualquier momento va a caer en un vacío sin fondo y eso colabora con un sentimiento de sobresalto que acompaña nuestros pasos solitarios por aquél terreno.
Resulta muy curioso y perturbador como, incluso, cuando uno se haya acompañado en ese trance, la sensación es de la más profunda soledad, consecuencia de la extrema atención que se presta a todo lo que rodea un ambiente tan singular.
Así fue como me sentí al pisar por primera vez el arenal, algo aturdido por la novedad de la noche cerrada y las inquietantes sombras que se formaban en las lomas de arena. Supongo que caminamos durante un buen rato en línea recta presumiendo, correctamente, que nuestros pasos en esa dirección nos llevarían más rápidamente a nuestro destino. Cuando ya el cansancio se empezaba a apoderar de nosotros producto del esfuerzo que representa caminar en la arena llegó el sonido tranquilizador del mar que rompía sus olas contra una orilla no muy lejana. Sacamos fuerzas de nuestras últimas reservas y en poco menos de diez minutos pudimos contemplar desde lo alto de una loma la playa tan buscada. Estaba completamente solitaria.
Armamos nuestra carpa y nos dispusimos a preparar la que sería nuestra primera comida fuera de casa, Sergio armó la pequeña cocina que habíamos llevado y ahí preparamos algo caliente mientras que cada uno sacaba su reserva de emparedados para atenuar el hambre. Si bien no era muy tarde era lo suficiente como para que, como consecuencia de nuestro agitado día, diéramos cuenta de todo en un santiamén.
Mientras nos alimentábamos, Omar se acercó a mí y me preguntó con voz bastante nerviosa de dónde provenía ese sonido que se dejaba escuchar bajo el fondo reiterado del rumor de las olas. Me detuve a escuchar para identificar el sonido que se me indicaba pero por más que lo intenté no pude oírlo. Le dije que no se preocupara que seguro sería algún animal que lo estaba produciendo. Mis palabras cayeron en saco roto pues no tuvo siquiera la cortesía de esperar mi explicación y partió hacia la orilla con la intención de precisar su procedencia. No me resultó muy extraña la preocupación de Omar pues desde que salimos de Lima daba muestras de extrañar más de lo que es natural su casa y expliqué la situación como una simple alucinación, producto de la nostalgia, que le hacía oír sonidos que, en realidad, no estaban en ningún lado.
Cansados por el viaje nos fuimos a dormir mucho antes de la medianoche.
Nada nos preparó para el espectáculo que tuvimos enfrente apenas salimos de la carpa al día siguiente. Cientos de albatros se arremolinaban a pocos metros de nosotros disputándose unos cuantos restos de comida que el mar había varado durante toda la noche y unos cuantos algo más empeñosos luchaban de igual a igual con los pequeños muy-muy que salían a respirar unos segundos apenas la resaca de las olas cubría sus pequeños hábitats. El bello espectáculo que la naturaleza montaba para nosotros se realizaba en un paraje de indescriptible hermosura.
No había forma de darnos cuenta de las virtudes del lugar al cual habíamos ido a parar en el momento de la llegada bajo noche cerrada pero a la luz del día se abrió ante nosotros un lugar difícil de describir. No era una playa extensa, unos trescientos metros cuando mucho, pero la naturaleza había demostrado su total sabiduría al crear esa obra de arte. El lugar iba bajando en degradé en una pendiente muy suave hasta la orilla que, en comparación con el inicio de la pendiente, estaría a unos treinta o cuarenta metros por debajo de aquélla. Esa pendiente se iba cerrando poco a poco en los dos extremos de la playa hasta formar en ellos pequeñas lomas de arena y piedra difíciles de superar escalándolas. Sin embargo, lo más impresionante no ocurría en la orilla sino en el mar. Frente a nosotros se abría un laberinto de pasajes construidos por azar con roca de arrecife que cubría una tercera parte de nuestro horizonte inmediato. No era muy grande pero era sobrecogedor por el hecho que algunas de esas rocas descubrían pequeñas grutas que parecían hundirse en las profundidades. Sobrecogidos por tamaña magnificencia del paisaje nos felicitamos unos a otros por haber tomado una decisión tan importante.
Durante todo el día hicimos un paseo de reconocimiento por el lugar y para nuestra sorpresa descubrimos que no había ningún testimonio de presencia humana anterior en el lugar lo que no pudo dejar de extrañarnos tratándose, como se trataba, de una playa que, sabíamos, había sido visitada anteriormente por otras personas. Consideramos que lo más razonable era pensar que aquellas personas, igual de impresionadas que nosotros por la belleza salvaje de ese lugar, habían decidido no alterar en nada el ambiente y, por lo tanto, se habían preocupado con exceso de pulcritud por mantener limpio el lugar. No convencidos del todo decidimos echar un vistazo a las grutas de los arrecifes que parecían no estar más allá de doscientos metros de la orilla. Así que después de almorzar y una vez que habíamos reposado nuestra comida nos dirigimos nadando hacia los arrecifes.
El lugar era magnífico. Resultó ser más grande de lo que a primera vista nos permitía deducir la distancia de la orilla, a veces tan grande que era factible subir sobre algunas de esas rocas y hacer una inspección detallada. Una de ellas era especialmente atrayente, tendría unos veinte metros de diámetro y resultaba difícil subir a ella pues no sólo se encontraba llena de algas y líquenes sino que su base se hallaba a unos dos metros del mar así que era necesario escalarla. La tarea era más que complicada pues al cansancio del nadar se sumaba lo resbaloso de la roca pero, finalmente, todos pudimos llegar arriba.
Apenas Omar pudo incorporarse sobre la roca se puso enormemente pálido y quiso irse de inmediato indicando que se sentía algo mareado. Le pedimos que se sentara unos minutos a descansar y así lo hizo. A los pocos minutos había recobrado el ánimo y nos alcanzó en el instante en que nos deteníamos delante de una gruta que se abría sobre el piso de la roca. De inmediato le cambió la faz e indicó que le parecía escuchar los sonidos de la noche anterior. A pesar que hicimos intentos reales por percibir lo que sus sensibles oídos escuchaban ninguno pudo oír más que el choque del mar en las rocas en medio de las cuales estábamos, estruendo que de repente se había hecho ensordecedor. De esta manera, no hicimos caso de lo que nos decía Omar y empezamos a entrar en la gruta. Nuestros esfuerzos se vieron traicionados al poco rato al descubrir que la gruta en cuestión parecía ser una especie de pozo abierto en la parte superior de la roca y, por lo tanto, necesitaríamos algo con que descolgarnos si es que queríamos entrar. Hecho el anuncio dimos media vuelta hacia la playa. Aquella noche al bramido constante de las olas golpeándose contra la arena lo acompañó un sonido sordo y profundo que se confundía por momentos con aquél pero que parecía producido por el aire al perderse por los laberintos de rocas del arrecife y entrar a las grutas que abundaban en aquel pequeño reino vedado hasta ese momento para nosotros.
Antes de apagar la luz del lamparín que velaba nuestra oscuridad Sergio hizo un comentario pueril pero cargado de connotaciones al hacernos saber su pesar por no haber visto en los arrecifes o cerca de ellos focas o algunos de esos animales que tienden a deambular por esos ambientes.

El territorio de la arena 1


CAPÍTULO 1. LOS PREPARATIVOS PARA EL VIAJE

Siempre me ha llamado la atención el mar durante la noche aunque no tengo memoria de haberlo visto así alguna vez. Eso no quiere decir que no haya estado en la playa pasado el atardecer sino que, casi siempre que he estado en esa situación he estado ocupado en otras cosas y no en detenerme a reflexionar sobre aquella atracción. Pensándolo con un poco más de serenidad podría decir que lo que me atrae del mar no es un sentimiento de placer o de bienestar sino todo lo contrario.
Nunca he soñado con el mar o si lo he hecho no lo recuerdo pero su presencia, sea real o imaginaria, logra generar en mí sentimientos muy diferentes. La mayor parte del tiempo me es indiferente, a lo más algo relajante, pero por momentos su presencia asume un carácter que sólo puedo describir como de horror. En medio de la oscuridad sólo alumbrada por la luna el ruido del oleaje al formarse y destrozarse contra la orilla recoge una expresión dantesca y más aún si uno se esmera en divisar aquéllas olas y se encuentra con que lo que los ojos permiten ver es a lo sumo una tenue y sin forma mancha grisácea que compite por lanzarse contra la arena antes que el resto. Parece como si se tratara de la rabia que brota por las fauces de un animal que desespera por morir. El enterrarse de tus pies en la arena húmeda y floja parece completar la escena de una naturaleza cuya máxima aspiración es desaparecer y llevarse con ella todo lo que a su alrededor gime.
Es el horror al vacío, es el miedo a la ausencia de sentido, es el pavor a la soledad. No obstante, atrae.
Era aquél caluroso y húmedo Septiembre del 82, el clima había empezado a enloquecer como anunciando lo que habría de venir en el verano siguiente, éramos aún muchachos más cerca de la pubertad que de la juventud y como tal más prestos a la estupidez que a la prudencia. Quince años no es aún edad para ser responsable así que una de esas hermosas tardes de estío teniendo un atardecer espléndido como testigo decidimos salir de campamento a las playas del norte. Era nuestro primer campamento de 'madurez', algo que habríamos de ir ganando a fuerza de paciencia y testarudez. Nos iríamos solos para dormir unas noches fuera de casa.
Nadie jamás quiso aceptar que fue idea suya la del viaje pero, siendo justos, podría decirse que tampoco nadie jamás negó su interés por ir. Lo cierto es que todo ocurrió de una manera muy rápida: la decisión del viaje tomó menos de unas cuantas palabras pronunciadas por alguien y aceptadas por todos; los permisos se consiguieron en un tiempo que no permitía esperar nada bueno y los preparativos resultaron acabados de la noche a la mañana, tanto es así que en menos de una semana estábamos partiendo hacia Puerto Viejo, una playa hermosa ubicada al norte de Lima que recién se había descubierto.
Todo empezó en aquella reunión cuyo fin había sido prepararse para una exposición del curso de Historia en el colegio; nos reunimos poco antes de las cinco de la tarde en casa del responsable del grupo, Aníbal, cada uno llevando el material con el cual habríamos de montar la exposición. No habían pasado diez minutos de habernos reunido todos cuando la pregunta cayó de repente en medio del grupo. ¿Por qué no ir de viaje un fin de semana a la playa?. Creo que cada uno tomó la pregunta con cierta indiferencia pues decidimos al instante ir. Tan repentina fue la decisión que una vez que lo acordamos se hizo un silencio cómplice y perturbador como si faltara que alguien (o algo) de su opinión o, como muchas veces lo conversamos, como si se nos estuviera dando una segunda oportunidad para replantear las cosas con el silencio que llama a la reflexión. Lo cierto es que el incómodo silencio terminó por molestar y nos decisimos de él a la mayor brevedad posible.
Desde aquel episodio todo fue muy vertiginoso. Cada uno fue a su casa con el objetivo de utilizar todos los recursos permitidos para alcanzar el permiso deseado y así fue. Todo valió: que un viaje con fines educativos a los confiados padres de Omar, que un viaje para estrechar la amistad a los padres de Paul, que un viaje para conocer chicas a los padres de Sergio, que un viaje para aprender a ser responsables a los padres de Aníbal o que un viaje para aprovechar el tiempo a mis padres. Lo cierto es que luchas más luchas menos todos conseguimos los permisos en menos tiempo del esperado y con menos retórica que la que nuestros flacos argumentos habrían podido prever.
Aún recuerdo cada uno de los pequeños obstáculos que fueron apareciendo y que, a la luz del tiempo, aparecen sobredimensionados para darle a la historia un cariz más trágico. Lo primero fue algo que sólo puede entenderse desde la perspectiva de nuestra falta absoluta de experiencia en estos menesteres. La noche anterior a nuestra partida no teníamos alimento que llevar con nosotros confiados en que el lugar nos proporcionaría lo que deseáramos. La suerte no corrió de nuestro lado pues aquella misma noche me fue a visitar un amigo que al enterarse de nuestra expedición no se le ocurrió mejor idea que preguntar qué llevábamos para comer. Al escuchar mi confiada respuesta se echó a reír a carcajadas dejando entrever en su balbuceo que no podíamos confiarnos en la existencia de tiendas en una playa perdida en medio de un arenal desolado. Luego del consiguiente rubor de mis mejillas me puse a llamar al resto de los muchachos para indicarles que debían comprar comida para llevar y comerla ahí.
Al mediodía siguiente, en el colegio, nos reunimos durante el recreo para ultimar los preparativos y es ahí donde se presentó el segundo obstáculo. Nadie se había preocupado por saber dónde quedaba el lugar en cuestión y menos aún, nadie se había tomado la molestia de preguntar cómo habríamos de llegar hasta ahí. Estábamos a menos de unas horas de empezar nuestra aventura y ninguno de los cinco sabíamos bien adónde íbamos a ir. En esta ocasión, Sergio nos hizo caer en cuenta de un detalle que había pasado desapercibido. Se podía entender que cinco muchachos menores de edad no se fijaran en esos detalles producto de su profunda inexperiencia (aunque esto ya era más que discutible) pero, que sus padres no se hubieran dado cuenta de aquellos errores daba que pensar: o se habían desentendido del asunto o, como a ellos, se les habían pasado serios detalles. Lo más lógico era pensar en lo primero aunque esa opción generaba más dudas que ninguno de nosotros queríamos responder.
Acabadas las clases nos dirigimos a la casa de Paul, que había sido designada como nuestro punto de partida, hicimos las averiguaciones del caso y supimos que debíamos tomar algún ómnibus de los que se dirigían a Cañete y bajar a la altura del kilómetro 95 de la carretera Panamericana Norte. Así lo hicimos y cuando estaban dando las cuatro de la tarde nos pusimos en camino hacia Puerto Viejo.
En el ómnibus es que se presentó el último de los obstáculos. Como muchachos nuevos que éramos en estos asuntos, entramos al bus y saludamos al chofer y a sus ayudantes y, por cortesía, les indicamos nuestro destino. El chofer nos miró y nos señaló que Puerto Viejo se encontraba unos kilómetros más allá de donde nos habían indicado. Como toda respuesta de parte nuestra obtuvo una solicitud para indicarnos el momento en que llegáramos a dicho kilómetro de la carretera a lo que respondió con un "como quieran".
Ya en el carro nos distribuimos en asientos juntos, Paul iba con Sergio, Omar conmigo en el asiento posterior y Aníbal sólo, al costado del asiento de Paul. Apenas empezó el viaje noté que Omar estaba demasiado silencioso y traté de tranquilizarlo considerando que la causa de su retraimiento era la nostalgia de su casa. Lo que me contestó me dejó muy intranquilo. Omar me dijo que no era nostalgia ni nada parecido sino que estaba intentando recordar quién nos había dado los datos acerca del lugar a donde íbamos. Recuerdo que el silencio se instaló de repente en el grupo, cada uno intentando recordar los detalles de la mañana y tarde anterior para definir la fiabilidad del informante. Ninguno pudo hacerlo, es más, por un momento pasó por mi cabeza (cosa que jamás comenté) que nadie nos había dicho nada acerca de aquel kilómetro 95 y que tal dato había fluido inexplicablemente de alguno de nosotros. Si era así estábamos ante un problema real pues en nuestras casas habíamos dicho que iríamos a Puerto Viejo y era posible que este no se hallara en el kilómetro al cual nos estábamos dirigiendo.
Pero la alternativa era escuchar al chofer e ir al lugar que él nos decía, alternativa que a todas luces parecía mucho más riesgosa considerando que el buen hombre podía sólo parecerlo sin serlo. En fin, frente a la disyuntiva en la que me encontraba decidí no exponer nada de lo que pasaba por mi cabeza en esos momentos y seguir con el juego a donde nos llevara. Acababa de pasar la última oportunidad de dar marcha atrás y no la habíamos aprovechado.
Eran las cuatro y media, aproximadamente, cuando subimos al carro y serían cerca de las siete cuando el carro nos dejó en medio de una carretera solitaria para internarnos a un arenal más solitario aún. Poco antes de cerrar la puerta el chofer y sus ayudantes nos dijeron que fuéramos con cuidado pues era un lugar que no conocían y podía haber alguna gente mala por ahí y en un intento destinado al fracaso nos dijo que mejor nos dejaba en el verdadero Puerto Viejo, ahí, por lo menos, habría la luz de las casas del pueblito. Al escuchar eso mis dudas en relación a las intenciones de aquellos hombres se disiparon por un momento pero ya era demasiado tarde pues estaba empezando a quedar relegado del resto de mis compañeros. Me despedí y les di las gracias de parte mía y de mis compañeros a lo que ellos respondieron deseándome suerte. Fue la última vez, en cinco días, que vimos a otros seres humanos.