
CAPÍTULO 1. LOS PREPARATIVOS PARA EL VIAJE
Siempre me ha llamado la atención el mar durante la noche aunque no tengo memoria de haberlo visto así alguna vez. Eso no quiere decir que no haya estado en la playa pasado el atardecer sino que, casi siempre que he estado en esa situación he estado ocupado en otras cosas y no en detenerme a reflexionar sobre aquella atracción. Pensándolo con un poco más de serenidad podría decir que lo que me atrae del mar no es un sentimiento de placer o de bienestar sino todo lo contrario.
Nunca he soñado con el mar o si lo he hecho no lo recuerdo pero su presencia, sea real o imaginaria, logra generar en mí sentimientos muy diferentes. La mayor parte del tiempo me es indiferente, a lo más algo relajante, pero por momentos su presencia asume un carácter que sólo puedo describir como de horror. En medio de la oscuridad sólo alumbrada por la luna el ruido del oleaje al formarse y destrozarse contra la orilla recoge una expresión dantesca y más aún si uno se esmera en divisar aquéllas olas y se encuentra con que lo que los ojos permiten ver es a lo sumo una tenue y sin forma mancha grisácea que compite por lanzarse contra la arena antes que el resto. Parece como si se tratara de la rabia que brota por las fauces de un animal que desespera por morir. El enterrarse de tus pies en la arena húmeda y floja parece completar la escena de una naturaleza cuya máxima aspiración es desaparecer y llevarse con ella todo lo que a su alrededor gime.
Es el horror al vacío, es el miedo a la ausencia de sentido, es el pavor a la soledad. No obstante, atrae.
Era aquél caluroso y húmedo Septiembre del 82, el clima había empezado a enloquecer como anunciando lo que habría de venir en el verano siguiente, éramos aún muchachos más cerca de la pubertad que de la juventud y como tal más prestos a la estupidez que a la prudencia. Quince años no es aún edad para ser responsable así que una de esas hermosas tardes de estío teniendo un atardecer espléndido como testigo decidimos salir de campamento a las playas del norte. Era nuestro primer campamento de 'madurez', algo que habríamos de ir ganando a fuerza de paciencia y testarudez. Nos iríamos solos para dormir unas noches fuera de casa.
Nadie jamás quiso aceptar que fue idea suya la del viaje pero, siendo justos, podría decirse que tampoco nadie jamás negó su interés por ir. Lo cierto es que todo ocurrió de una manera muy rápida: la decisión del viaje tomó menos de unas cuantas palabras pronunciadas por alguien y aceptadas por todos; los permisos se consiguieron en un tiempo que no permitía esperar nada bueno y los preparativos resultaron acabados de la noche a la mañana, tanto es así que en menos de una semana estábamos partiendo hacia Puerto Viejo, una playa hermosa ubicada al norte de Lima que recién se había descubierto.
Todo empezó en aquella reunión cuyo fin había sido prepararse para una exposición del curso de Historia en el colegio; nos reunimos poco antes de las cinco de la tarde en casa del responsable del grupo, Aníbal, cada uno llevando el material con el cual habríamos de montar la exposición. No habían pasado diez minutos de habernos reunido todos cuando la pregunta cayó de repente en medio del grupo. ¿Por qué no ir de viaje un fin de semana a la playa?. Creo que cada uno tomó la pregunta con cierta indiferencia pues decidimos al instante ir. Tan repentina fue la decisión que una vez que lo acordamos se hizo un silencio cómplice y perturbador como si faltara que alguien (o algo) de su opinión o, como muchas veces lo conversamos, como si se nos estuviera dando una segunda oportunidad para replantear las cosas con el silencio que llama a la reflexión. Lo cierto es que el incómodo silencio terminó por molestar y nos decisimos de él a la mayor brevedad posible.
Desde aquel episodio todo fue muy vertiginoso. Cada uno fue a su casa con el objetivo de utilizar todos los recursos permitidos para alcanzar el permiso deseado y así fue. Todo valió: que un viaje con fines educativos a los confiados padres de Omar, que un viaje para estrechar la amistad a los padres de Paul, que un viaje para conocer chicas a los padres de Sergio, que un viaje para aprender a ser responsables a los padres de Aníbal o que un viaje para aprovechar el tiempo a mis padres. Lo cierto es que luchas más luchas menos todos conseguimos los permisos en menos tiempo del esperado y con menos retórica que la que nuestros flacos argumentos habrían podido prever.
Aún recuerdo cada uno de los pequeños obstáculos que fueron apareciendo y que, a la luz del tiempo, aparecen sobredimensionados para darle a la historia un cariz más trágico. Lo primero fue algo que sólo puede entenderse desde la perspectiva de nuestra falta absoluta de experiencia en estos menesteres. La noche anterior a nuestra partida no teníamos alimento que llevar con nosotros confiados en que el lugar nos proporcionaría lo que deseáramos. La suerte no corrió de nuestro lado pues aquella misma noche me fue a visitar un amigo que al enterarse de nuestra expedición no se le ocurrió mejor idea que preguntar qué llevábamos para comer. Al escuchar mi confiada respuesta se echó a reír a carcajadas dejando entrever en su balbuceo que no podíamos confiarnos en la existencia de tiendas en una playa perdida en medio de un arenal desolado. Luego del consiguiente rubor de mis mejillas me puse a llamar al resto de los muchachos para indicarles que debían comprar comida para llevar y comerla ahí.
Al mediodía siguiente, en el colegio, nos reunimos durante el recreo para ultimar los preparativos y es ahí donde se presentó el segundo obstáculo. Nadie se había preocupado por saber dónde quedaba el lugar en cuestión y menos aún, nadie se había tomado la molestia de preguntar cómo habríamos de llegar hasta ahí. Estábamos a menos de unas horas de empezar nuestra aventura y ninguno de los cinco sabíamos bien adónde íbamos a ir. En esta ocasión, Sergio nos hizo caer en cuenta de un detalle que había pasado desapercibido. Se podía entender que cinco muchachos menores de edad no se fijaran en esos detalles producto de su profunda inexperiencia (aunque esto ya era más que discutible) pero, que sus padres no se hubieran dado cuenta de aquellos errores daba que pensar: o se habían desentendido del asunto o, como a ellos, se les habían pasado serios detalles. Lo más lógico era pensar en lo primero aunque esa opción generaba más dudas que ninguno de nosotros queríamos responder.
Acabadas las clases nos dirigimos a la casa de Paul, que había sido designada como nuestro punto de partida, hicimos las averiguaciones del caso y supimos que debíamos tomar algún ómnibus de los que se dirigían a Cañete y bajar a la altura del kilómetro 95 de la carretera Panamericana Norte. Así lo hicimos y cuando estaban dando las cuatro de la tarde nos pusimos en camino hacia Puerto Viejo.
En el ómnibus es que se presentó el último de los obstáculos. Como muchachos nuevos que éramos en estos asuntos, entramos al bus y saludamos al chofer y a sus ayudantes y, por cortesía, les indicamos nuestro destino. El chofer nos miró y nos señaló que Puerto Viejo se encontraba unos kilómetros más allá de donde nos habían indicado. Como toda respuesta de parte nuestra obtuvo una solicitud para indicarnos el momento en que llegáramos a dicho kilómetro de la carretera a lo que respondió con un "como quieran".
Ya en el carro nos distribuimos en asientos juntos, Paul iba con Sergio, Omar conmigo en el asiento posterior y Aníbal sólo, al costado del asiento de Paul. Apenas empezó el viaje noté que Omar estaba demasiado silencioso y traté de tranquilizarlo considerando que la causa de su retraimiento era la nostalgia de su casa. Lo que me contestó me dejó muy intranquilo. Omar me dijo que no era nostalgia ni nada parecido sino que estaba intentando recordar quién nos había dado los datos acerca del lugar a donde íbamos. Recuerdo que el silencio se instaló de repente en el grupo, cada uno intentando recordar los detalles de la mañana y tarde anterior para definir la fiabilidad del informante. Ninguno pudo hacerlo, es más, por un momento pasó por mi cabeza (cosa que jamás comenté) que nadie nos había dicho nada acerca de aquel kilómetro 95 y que tal dato había fluido inexplicablemente de alguno de nosotros. Si era así estábamos ante un problema real pues en nuestras casas habíamos dicho que iríamos a Puerto Viejo y era posible que este no se hallara en el kilómetro al cual nos estábamos dirigiendo.
Pero la alternativa era escuchar al chofer e ir al lugar que él nos decía, alternativa que a todas luces parecía mucho más riesgosa considerando que el buen hombre podía sólo parecerlo sin serlo. En fin, frente a la disyuntiva en la que me encontraba decidí no exponer nada de lo que pasaba por mi cabeza en esos momentos y seguir con el juego a donde nos llevara. Acababa de pasar la última oportunidad de dar marcha atrás y no la habíamos aprovechado.
Eran las cuatro y media, aproximadamente, cuando subimos al carro y serían cerca de las siete cuando el carro nos dejó en medio de una carretera solitaria para internarnos a un arenal más solitario aún. Poco antes de cerrar la puerta el chofer y sus ayudantes nos dijeron que fuéramos con cuidado pues era un lugar que no conocían y podía haber alguna gente mala por ahí y en un intento destinado al fracaso nos dijo que mejor nos dejaba en el verdadero Puerto Viejo, ahí, por lo menos, habría la luz de las casas del pueblito. Al escuchar eso mis dudas en relación a las intenciones de aquellos hombres se disiparon por un momento pero ya era demasiado tarde pues estaba empezando a quedar relegado del resto de mis compañeros. Me despedí y les di las gracias de parte mía y de mis compañeros a lo que ellos respondieron deseándome suerte. Fue la última vez, en cinco días, que vimos a otros seres humanos.
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