CAPÍTULO 4. UN AMANECER PERTURBADOR
La conversación que tuvimos me dejó muy intranquilo y no tanto por lo que se dijo sino más bien por la tensión creciente que estaba experimentando mi amigo y que me hizo pensar en que su salud mental peligraba si es que llegábamos a quedarnos mucho tiempo en ese lugar. Omar me habló de muchas cosas, la mayoría de ellas eran producto de una imaginación muy fecunda y enfermiza. Mezclaba asuntos de la más absoluta puerilidad y cotideaneidad con implicancias oscuras y pavorosas, hacía esfuerzos estimables por lograr que lo que a todas luces se manifestaba como irracional e ilógico asumiera formas verosímiles o cuando menos posibles. Estaba comenzando a considerar la pertinencia de haber viajado con él pues desde todas las perspectivas desde las cuales intentaba darle sentido al asunto encontraba que gran parte de sus fantasías y miedos tenían como única explicación su carácter engreído y solitario.
No tenía duda alguna que el viaje le estaba costando mucho más que a nosotros, para quienes tampoco resultaba nada fácil, pero lo que no podía aceptar era que asumiera un modo de comportarse tan poco noble: gimoteando por ahí, acechando por allá, refugiándose en un instante y encubriéndose al momento siguiente. Era demasiado para mí. Demostraba una falta completa de comprensión y de aceptación del estado de ánimo por el cual pasaba mi compañero y hasta creía que tenía derecho para sentirme molesto porque estaba estropeando todo. Estaba hundido en estas reflexiones cuando la luz del sol irrumpió de forma violenta al interior de la carpa e inundó todo con su brillantez. Serían cerca de las seis y media de la mañana y la bulla producida por las aves se había instalado en nuestro entorno. Distraído por la sensación placentera que había arremetido con furia en mis cavilaciones no me percaté que en la carpa sólo estabamos cuatro de los cinco. Cuando caí en cuenta de esto de inmediato pensé que alguien se había despertado antes que yo y que muy probablemente ya estaría disfrutando de las primeras horas del día. Me incorporé para seguirle y al punto me percaté de algo que empezó a intranquilizarme: si efectivamente aquel había salido tenía que haberme dado cuenta puesto que la noche entera la había pasado en vela o asentando la carpa en la ventisca de las tres o consolando o conversando con Omar o en las "horas" que habrían pasado entre el fin de aquella conversación y este momento.
Cuando terminé de considerar todas estas cosas ya estaba fuera de la carpa observando el panorama y pude darme cuenta que nuestro amigo no estaba por ahí. Me pareció muy extraño pues aún cuando intenté aguzar la vista en todas las direcciones no pude ver ni rastro de aquél. De inmediato me interné en la carpa con el fin de determinar quién es el que faltaba. Al entrar me tropecé con Aníbal y lo desperté. Al verme tan serio me preguntó qué es lo que pasaba y le indiqué que faltaba uno de nosotros a lo que me respondió que no me preocupara porque era probable que se hubiera despertado antes y estuviera paseando por el lugar. No le hice caso y traté de reconocer en los bultos de las bolsas de dormir a los demás: Omar estaba en la bolsa que se encontraba al lado del lugar donde había dormido y al último lo pude reconocer como Paul. Faltaba Sergio.
Desperté a todos de inmediato y les mencioné lo que había ocurrido; les dije que como no había dormido en toda la noche me parecía imposible que Sergio hubiera salido de la carpa sin haberme dado cuenta y si se le había ocurrido salir a medianoche en el momento en que hablábamos con Omar, él o yo nos hubiéramos percatado y ambos coincidimos en que así hubiera sido. Además, les dije que había echado un vistazo fuera de la carpa y no había podido ver rastro de él. La preocupación por el destino de nuestro amigo pronto cundió dentro del grupo, dejamos de lado la modorra, consecuencia de una noche muy agitada, y empezamos a buscarlo. Le pedimos a Omar que se quedara en el campamento mientras nosotros íbamos a dar una vuelta por los alrededores por si acaso volvía sin que nos diéramos cuenta: Aníbal fue hacia el sur, Paul hacia el norte y yo me interné en el arenal en sentido opuesto a la playa. Al cabo de un rato regresamos sin ninguna novedad.
Viendo que nuestra búsqueda había sido inútil tratamos de reconstruir la noche anterior en todos sus detalles con el fin de tratar de determinar en qué momento es que nuestro amigo había decidido marcharse. Aníbal recordó que colaboró con nosotros en la cimentación del piso de la carpa en el momento de la ventisca y que incluso profirió alguna que otra maldición por el hecho de habérsenos ocurrido venir a este lugar. También recordó que fue uno de los primeros en acercarse a Omar en el momento en que rompió en llanto y que esta situación le permitió insistir en la idea que se había formado sobre el viaje. Finalmente, Paul incidió en el hecho que su bolsa de dormir la había colocado junto a la de él y que cuando todo se tranquilizó ambos volvieron a sus lugares. Según él, parece que Sergio quedó dormido casi de inmediato pues a los pocos segundos de haberse acostado sintió su respiración regular y no volvió a dirigirle la palabra en el resto de la noche. Aparentemente fue la última vez que alguien lo vio pues nuestra conversación no lo incluyó ni como partícipe ni como molesta intromisión.
Sobre la base de lo dicho se construyó la hipótesis que Sergio, no aguantando más la tensión que se percibía en el lugar y que a cada momento crecía invisiblemente, había decidido irse intempestivamente. Frente a esto sólo había una cosa que hacer, ir a buscarlo. Caminar de noche por el arenal era suicida pues si no se termina perdido producto de la desorientación, se puede terminar maltrecho como consecuencia del desgaste de energías. Una tercera opción que era la de que hubiera corrido con mejor suerte al encontrar la carretera y algún carro que lo devuelva a Lima era bastante improbable.
En el momento en que nos disponíamos a emprender el camino de retorno para buscar los rastros de Sergio nos encontramos con un Omar embelesado en la belleza del mar. Se había quedado estático observando el ir y venir de las olas y con una sonrisa algo maquiavélica, más un gesto que una sonrisa, señaló al frente y dijo, "nos hemos olvidado de buscar en el mar". Un escalofrío desconcertante e inexplicable nos recorrió a todos al reconocer la pertinencia de la intervención de nuestro amigo.
Pocos minutos después nos internamos en el mar y deambulamos por un buen rato con la intención de registrar, en la medida de nuestras posibilidades, todos los lugares por los cuales pudiera estar. No hubo ningún resultado positivo. Cansados y desanimados asumimos, para nuestra tranquilidad, que Sergio habría encontrado el camino a casa y que en estos momentos estaría descansando. En un par de días le iríamos a dar el encuentro.
23/10/10
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