23/10/10

El territorio de la arena 3

CAPÍTULO 3. UNA NOCHE INTERMINABLE

Serían poco más de las tres de la mañana cuando un fuerte viento nos hizo despertar con el apremio consiguiente de salvar la carpa que parecía que en cualquier momento habría de sucumbir a sus embates. Los afanes por proteger nuestro refugio se multiplicaron en menos de unos segundos a pesar de que la mayoría de nosotros aún no terminábamos de despertar y luego de un esfuerzo considerable por frenar el ímpetu del viento que se empecinaba por dejarnos sin abrigo, logramos asentar suficientemente los parantes de la carpa como para hacer frente a aquel vendaval. A los pocos minutos la furia del viento se había amainado casi hasta desaparecer.
El trajín de esos pocos minutos de lucha contra la fuerza incontrolable del viento nos dejó sin ánimos pero lo suficientemente despiertos como para velar durante toda la noche. A pesar que hicimos intentos desesperados por volver a conciliar el sueño, nos fue difícil volverlo a encontrar y es que, al esfuerzo físico desplegado en una tarea como la que acabábamos de realizar se sumaba la mala disposición anímica de todos nosotros que discutíamos ya, a estas alturas, sobre la pertinencia de nuestro viaje. Lo cierto es que si bien era el primer escollo de la aventura, fue lo suficientemente importante como para hacer darnos cuenta de nuestras serias deficiencias emocionales.
El que parecía ponerse cada vez peor era Omar. Creo que era el más perceptivo de los cinco ya que fue el único que puso sobre el tapete el tema de la procedencia de la información con la cual contábamos de manera tan crédula y también fue el primero que pudo percibir aquel sonido extraño que se producía teniendo como fondo el ruido que generaban las olas al reventar contra la orilla de la playa. Lo que, en un principio, había intentado ser explicado como simple efecto de la nostalgia de un muchacho que añoraba mucho la presencia de sus padres empezó a intranquilizar al grupo pues su constante nerviosismo fue adquiriendo características maníacas. La tendencia a preguntar por todo lo que acontecía a su alrededor fue transformándose en una insana costumbre de refugiarse en el grupo producto de un temor que cada vez parecía menos natural: si hubiera sido sólo el mar, la playa, la misma oscuridad asfixiante del entorno se podría haber explicado con cierta facilidad pero daba la impresión que estaba percibiendo algo más, algo que tarde o temprano haría que nuestra suerte cambiara.
En la medida en que los minutos pasaron el silencio se fue apoderando cada vez más de la pequeña carpa como consecuencia de los esfuerzos titánicos de cada cual por dejarse vencer por el sueño pero, al mismo tiempo, ese silencio cómplice se iba haciendo a cada instante más apremiante, más difícil de soportar. Cada uno debía haber pensado que los otros habían logrado ser derrotados por el sueño pues nadie rompía el silencio en una actitud de respeto hacia los demás pero de repente al silencio instalado en la carpa y a los ruidos que procedían del mar y nuestro entorno se sumó un tercer elemento. Empezó como un gemido opaco acompañado de una respiración entrecortada que intentaba hacer el menor ruido posible, a los pocos minutos se dejó escuchar claramente un sollozo difícilmente confundible, era Omar.
El pobre hombre no había podido soportar más el exceso de tensión que se le había ido acumulando durante el día y había roto a llorar como una respuesta natural de desahogo. Para sorpresa mía (y supongo que de todos los demás), uno a uno nos fuimos acercando al lugar donde estaba tendido Omar para consolarlo, demostrándose así que ninguno de nosotros había podido dormir en esa noche y que, en grados diferentes, todos estábamos soportando una gran tensión. Hablamos con él y le hicimos saber que para todos esta situación nos parecía difícil y que nos estaba costando tanto como a él y, por lo tanto, que no tuviera reparos en desahogarse pues eso le haría bien, y a nosotros también. Al poco rato se tranquilizó y con él todos los demás. Esperé pacientemente a que los demás se hubieran dormido y una vez que creí que los demás habían sido ganados por el sueño me acerqué sin hacer ruido a Omar al punto de poder escuchar sus palpitaciones cada vez menos irregulares.
Bajando la voz casi al punto que apenas resultara audible pregunté a Omar qué es lo que le estaba ocurriendo. Luego de unos segundos en los que nadie más hizo el menor comentario, comenzó a hablar. Según parecía, había interiorizado de forma armoniosa la explicación que más se había extendido acerca de su extraño comportamiento. Como me lo hizo saber, creía que su forma de actuar de aquel día podía ser fácilmente explicada si es que se consideraba que era la primera vez que abandonaba su casa para pasar por una situación como la que estabamos viviendo. Si a eso se le sumaba su carácter introvertido y poco comunicativo podía presentarse una interpretación de los hechos que se ajustaba bastante bien con la realidad. Las raras ideas que habían cruzado por su mente y que habían generado la incertidumbre en el grupo acerca de la fiabilidad de la información del lugar hacia el cual nos dirigíamos o la singular sensibilidad para percibir sonidos que, en un principio, pasaron completamente desapercibidos para los demás podían ser comprendidos sin dificultad si uno se detenía a reflexionar sobre ellos considerando como su causa su estado anímico.
- Así es como ahora me lo explico -dijo, tomó unos segundos de tiempo para ordenar sus ideas y empezó a enlazar hechos de una manera sorprendentemente lúcida-. Mis preguntas sobre la naturaleza de nuestro informante sólo pueden explicarse a partir de un manifiesto sentimiento de inseguridad que se hallaba presente en mí pero no en ustedes. El alejamiento de mis padres, la idea de convivir por unos días con amigos que conozco en situaciones controladas pero no en situaciones especiales como las que habríamos de vivir, la sospecha fundada de que llegaríamos al lugar sin el abrigo de la luz del día, la novedad presente en cada episodio que se iba presentando, en fin, todo y cada una de las cosas que han rodeado este viaje poco colaboraban con mi escasa tranquilidad. Ahora bien, si es que de los sonidos se trata creo que resulta fácil explicar la razón por la cual yo los escuché mucho antes que ustedes. Mi estado de ánimo me permitía estar alerta frente a cualquier situación que pudiera considerarse como anormal dentro de determinados parámetros y ese sonido, cuya procedencia no se podía intentar descubrir a ciegas en la oscuridad, no permitía que me tranquilizara. ¿Qué por qué yo escuché los sonidos antes que ustedes? Fácil, porque al estar mis facultades especialmente sensibles para recibir estímulos externos y los suyos no, se me hizo más fácil escuchar algo que sólo estaba en mi cabeza no porque no fuera real sino porque, por su estado de ánimo, estaban imposibilitados de percatarse de él hasta esta noche en que algo más acostumbrados al lugar pudieron empezar a percibir las cosas que yo estoy sintiendo…
Me quedé estupefacto ante los argumentos maduros de mi interlocutor no tanto porque me parecieran falsos sino porque me parecía que estaban finamente hilvanados, con una pericia que jamás habría sospechado que era propia de él.
- No puedo dejar de reconocer que estoy sorprendido, querido amigo -dije-. No sabía que fueras tan agudo para analizar situaciones. Pero, si es que así eres, ¿por qué te dejaste llevar tan fácilmente por tus sentimientos de temor?
- Es fácil. Esto recién lo he empezado a pensar hace algunos minutos, poco después de pasar por esa situación tan vergonzosa. Además, tengo que creer que eso es lo que está ocurriendo para lograr la paz interior que tanto necesito -dijo-.
- No te entiendo -repliqué-, hace unos minutos te escuchaba sorprendido por lo justas de tus palabras pero resulta que ahora me parece entender que tú mismo no confías en lo que me acabas de decir.
- Lo que ocurre es que es el medio más a mi alcance y más efectivo que he encontrado para darle a este episodio un poco de sentido. Si supieras en todas las cosas en las que he estado pensando en estas horas te volverías loco y si, aún más, te contara todo lo que he creído percibir a nuestro alrededor no me creerías.
Sus palabras, esta vez, me perturbaron más de lo que yo hubiera querido pues denotaban que había algo que Omar no se atrevía a contar y que la suma de episodios extraños era mayor que aquella que habíamos podido considerar. Intrigado por las últimas palabras de Omar, le pedí que saliéramos de la carpa para conversar más a gusto. Lo vi titubear pero, al final, aceptó. Creo que ya no podía tener más tiempo guardado para sí aquello que lo inquietaba y, por eso, a pesar del miedo que reflejaban sus últimas palabras y acciones me siguió.
Apenas estuvimos afuera, Omar respiró profundamente tratando de llenar sus pulmones con aire fresco y de inmediato tosió haciendo un gesto de desagrado. Miró hacia la derecha y hacia la izquierda y luego se detuvo dirigiendo su mirada hacia el lugar donde, durante el día, podía verse el arrecife. Suspiró profundo y se sentó dando la espalda a la carpa y mirando al mar de frente. Hice el amago de sentarme frente a él pero me detuvo en el intento diciéndome que me sentara a su lado que siempre era bueno mirar al mar de frente ya que uno nunca sabía. Yo sonreí ante lo cual me miró con cara de reproche.
De pronto, todo se había vuelto muy gris. El tono ceremonioso que asumió Omar apenas salimos de la carpa me hizo pensar en un viejo sabio que habría de descubrir ante su torpe discípulo secretos arcanos de la naturaleza y que para que su poco hábil aprendiz le diera a ese saber la importancia que se merecía, debía representar un papel que exigía presentar su ceño fruncido, dirigir su mirada al suelo (o a la arena) y emitir palabras iniciáticas con una voz profunda y opaca. La verdad es que me molestó la actitud y me hizo pensar seriamente en la razón que me tenía a la intemperie, muerto de frío, con un interlocutor como aquél. Poco faltó para que me pusiera de pie y volviera a la carpa pero felizmente no lo hice. Lo que escuché me dejó asombrado. Estaba empezando a amanecer.

No hay comentarios: