CAPÍTULO 2. EL SONIDO QUE VIENE DEL MAR
La primera vez que uno pisa la arena de la playa durante la noche resulta ser bastante reconfortante pues parece guardar el calor que durante todo el día ha ido recibiendo de los rayos del sol pero esa sensación no se asemeja en nada con la que se percibe al andar, casi a ciegas, por esos mismos páramos en una noche cerrada y sin el abrigo de un lugar reconocido como propio. Entrar a ese territorio de la arena ya de por sí es sobrecogedor porque a la profunda oscuridad de la noche se suman las extrañas sombras que se producen como consecuencia de la poca luminosidad de las estrellas en las crestas ondulantes del arenal. Uno tiene la impresión de que en cualquier momento va a caer en un vacío sin fondo y eso colabora con un sentimiento de sobresalto que acompaña nuestros pasos solitarios por aquél terreno.
Resulta muy curioso y perturbador como, incluso, cuando uno se haya acompañado en ese trance, la sensación es de la más profunda soledad, consecuencia de la extrema atención que se presta a todo lo que rodea un ambiente tan singular.
Así fue como me sentí al pisar por primera vez el arenal, algo aturdido por la novedad de la noche cerrada y las inquietantes sombras que se formaban en las lomas de arena. Supongo que caminamos durante un buen rato en línea recta presumiendo, correctamente, que nuestros pasos en esa dirección nos llevarían más rápidamente a nuestro destino. Cuando ya el cansancio se empezaba a apoderar de nosotros producto del esfuerzo que representa caminar en la arena llegó el sonido tranquilizador del mar que rompía sus olas contra una orilla no muy lejana. Sacamos fuerzas de nuestras últimas reservas y en poco menos de diez minutos pudimos contemplar desde lo alto de una loma la playa tan buscada. Estaba completamente solitaria.
Armamos nuestra carpa y nos dispusimos a preparar la que sería nuestra primera comida fuera de casa, Sergio armó la pequeña cocina que habíamos llevado y ahí preparamos algo caliente mientras que cada uno sacaba su reserva de emparedados para atenuar el hambre. Si bien no era muy tarde era lo suficiente como para que, como consecuencia de nuestro agitado día, diéramos cuenta de todo en un santiamén.
Mientras nos alimentábamos, Omar se acercó a mí y me preguntó con voz bastante nerviosa de dónde provenía ese sonido que se dejaba escuchar bajo el fondo reiterado del rumor de las olas. Me detuve a escuchar para identificar el sonido que se me indicaba pero por más que lo intenté no pude oírlo. Le dije que no se preocupara que seguro sería algún animal que lo estaba produciendo. Mis palabras cayeron en saco roto pues no tuvo siquiera la cortesía de esperar mi explicación y partió hacia la orilla con la intención de precisar su procedencia. No me resultó muy extraña la preocupación de Omar pues desde que salimos de Lima daba muestras de extrañar más de lo que es natural su casa y expliqué la situación como una simple alucinación, producto de la nostalgia, que le hacía oír sonidos que, en realidad, no estaban en ningún lado.
Cansados por el viaje nos fuimos a dormir mucho antes de la medianoche.
Nada nos preparó para el espectáculo que tuvimos enfrente apenas salimos de la carpa al día siguiente. Cientos de albatros se arremolinaban a pocos metros de nosotros disputándose unos cuantos restos de comida que el mar había varado durante toda la noche y unos cuantos algo más empeñosos luchaban de igual a igual con los pequeños muy-muy que salían a respirar unos segundos apenas la resaca de las olas cubría sus pequeños hábitats. El bello espectáculo que la naturaleza montaba para nosotros se realizaba en un paraje de indescriptible hermosura.
No había forma de darnos cuenta de las virtudes del lugar al cual habíamos ido a parar en el momento de la llegada bajo noche cerrada pero a la luz del día se abrió ante nosotros un lugar difícil de describir. No era una playa extensa, unos trescientos metros cuando mucho, pero la naturaleza había demostrado su total sabiduría al crear esa obra de arte. El lugar iba bajando en degradé en una pendiente muy suave hasta la orilla que, en comparación con el inicio de la pendiente, estaría a unos treinta o cuarenta metros por debajo de aquélla. Esa pendiente se iba cerrando poco a poco en los dos extremos de la playa hasta formar en ellos pequeñas lomas de arena y piedra difíciles de superar escalándolas. Sin embargo, lo más impresionante no ocurría en la orilla sino en el mar. Frente a nosotros se abría un laberinto de pasajes construidos por azar con roca de arrecife que cubría una tercera parte de nuestro horizonte inmediato. No era muy grande pero era sobrecogedor por el hecho que algunas de esas rocas descubrían pequeñas grutas que parecían hundirse en las profundidades. Sobrecogidos por tamaña magnificencia del paisaje nos felicitamos unos a otros por haber tomado una decisión tan importante.
Durante todo el día hicimos un paseo de reconocimiento por el lugar y para nuestra sorpresa descubrimos que no había ningún testimonio de presencia humana anterior en el lugar lo que no pudo dejar de extrañarnos tratándose, como se trataba, de una playa que, sabíamos, había sido visitada anteriormente por otras personas. Consideramos que lo más razonable era pensar que aquellas personas, igual de impresionadas que nosotros por la belleza salvaje de ese lugar, habían decidido no alterar en nada el ambiente y, por lo tanto, se habían preocupado con exceso de pulcritud por mantener limpio el lugar. No convencidos del todo decidimos echar un vistazo a las grutas de los arrecifes que parecían no estar más allá de doscientos metros de la orilla. Así que después de almorzar y una vez que habíamos reposado nuestra comida nos dirigimos nadando hacia los arrecifes.
El lugar era magnífico. Resultó ser más grande de lo que a primera vista nos permitía deducir la distancia de la orilla, a veces tan grande que era factible subir sobre algunas de esas rocas y hacer una inspección detallada. Una de ellas era especialmente atrayente, tendría unos veinte metros de diámetro y resultaba difícil subir a ella pues no sólo se encontraba llena de algas y líquenes sino que su base se hallaba a unos dos metros del mar así que era necesario escalarla. La tarea era más que complicada pues al cansancio del nadar se sumaba lo resbaloso de la roca pero, finalmente, todos pudimos llegar arriba.
Apenas Omar pudo incorporarse sobre la roca se puso enormemente pálido y quiso irse de inmediato indicando que se sentía algo mareado. Le pedimos que se sentara unos minutos a descansar y así lo hizo. A los pocos minutos había recobrado el ánimo y nos alcanzó en el instante en que nos deteníamos delante de una gruta que se abría sobre el piso de la roca. De inmediato le cambió la faz e indicó que le parecía escuchar los sonidos de la noche anterior. A pesar que hicimos intentos reales por percibir lo que sus sensibles oídos escuchaban ninguno pudo oír más que el choque del mar en las rocas en medio de las cuales estábamos, estruendo que de repente se había hecho ensordecedor. De esta manera, no hicimos caso de lo que nos decía Omar y empezamos a entrar en la gruta. Nuestros esfuerzos se vieron traicionados al poco rato al descubrir que la gruta en cuestión parecía ser una especie de pozo abierto en la parte superior de la roca y, por lo tanto, necesitaríamos algo con que descolgarnos si es que queríamos entrar. Hecho el anuncio dimos media vuelta hacia la playa. Aquella noche al bramido constante de las olas golpeándose contra la arena lo acompañó un sonido sordo y profundo que se confundía por momentos con aquél pero que parecía producido por el aire al perderse por los laberintos de rocas del arrecife y entrar a las grutas que abundaban en aquel pequeño reino vedado hasta ese momento para nosotros.
Antes de apagar la luz del lamparín que velaba nuestra oscuridad Sergio hizo un comentario pueril pero cargado de connotaciones al hacernos saber su pesar por no haber visto en los arrecifes o cerca de ellos focas o algunos de esos animales que tienden a deambular por esos ambientes.
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1 comentario:
La narración me parece ágil e interesante, atrapa al lector, las descripciones son detalladas y permiten imaginar el relato.
Pero aprecio también, redundancia que supongo que es para anunciar lo que vendrá.
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